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Mi mamá no era amargada, era violentada.

Por Anónima


Una de las escenas que más recuerdo de mi niñez y adolescencia era la de las cenas familiares. Todas sentadas a la mesa, tomando atole que mi mamá había preparado.

De repente, se escuchaba la puerta y entraba mi papá. Nos parábamos a saludarlo, mi mamá lo acompañaba hasta la mesa y le calentaba algo de comida. Mi papá nos platicaba de su día, nosotras a él.

De repente y sin razón aparente:

  • “Ay, mi amor, ya estás comiendo mucho pan.” - Le decía mi papá a mi mamá mientras le apretaba los brazos.

  • “¿Ahora no te tropezaste pasando por el parque?” - Seguido de una risita burlona y buscándonos la mirada a sus hijas. Todas nos reíamos, nos parecía una anécdota muy graciosa de recordar.

Lo que no mencionábamos es que mi mamá se cayó mientras corría a dejarme al kínder después de haber dejado a mi otra hermana en la primaria. Y sí, se cayó frente a un montón de gente que la miraron, se burlaron y mi papá les hizo segunda.

En esos momentos aparecía una mueca que ahora es tan característica en la cara de mi mamá: sus labios apretados y torcidos hacia abajo, como un dibujo de cara triste, pero en sus mejillas algo la forzaba a fingir una sonrisa.

Esta misma escena se repitió demasiadas noches, con mi mamá como protagonista de todas las anécdotas “graciosas” de la familia.

Y claro, cuando ella por fin se enojaba y decía que ya no le gustaba “el juego”, había comentarios de que era una enojona, estaba exagerando y que todo era broma… ¡Cuánto tiempo pensé a mi mamá como la mujer más “amargada” y enojona que conocía!... Qué injustas fuimos.

La cosa con la violencia emocional es que es muy sútil, casi imperceptible a veces y se esconde tras un montón de situaciones (seguimos abriendo el baúl de los recuerdos):

  • “¿Cómo vas a trabajar tú? Para eso estoy yo, para que tú te quedes en la casa a cuidar a las niñas.” - Control de sus ingresos y roles de género.

  • “No, mis hijas no van a levantar ni un solo plato porque por eso ellas estudian. Tú no estudiaste, mamacita.” - Menosprecio por no haber estudiado.

  • “Tú vienes de una familia con papás separados y mira cómo le fue a tus hermanas. Te sacaste la lotería conmigo.” - Crítica a sus emociones y su malestar con la relación.

  • “Ya te estás descuidando mucho, mira a la vecina recién tuvo a su bebé y ya está yendo a hacer ejercicio.” - Desvalorización y comparación constante.

  • “No, ‘mijita’, estás mal, así no son las cosas.” - Infantilización para hacerla sentir inferior y dudar de ella misma.

Mi papá, ese que nunca golpeó a mi mamá… Pero sí que la violentó de la forma más sutil que puede haber: desde sus emociones y autoestima.

Durante mucho tiempo comparé la situación de mi familia con las historias de otras amigas cuyos papás se habían separado porque el papá golpeaba a la mamá o le había sido infiel; me decía a mí misma que “no estábamos tan mal”, que no era para tanto. Pero sin imaginarlo, esa raíz de violencia creció dentro de nosotras.

Unos años después, mis hermanas y yo vivíamos relaciones de pareja violentas:

  • Mi novio me dio una nalgada a la hora del recreo enfrente de todos.

  • El chico que me gusta me bajó el pantalón en clase de deportes y no le dije nada porque no quiero que piense que soy una amargada.

  • Me sentí mal de enojarme con él por una broma y le dije que fuéramos a “fajar” a su casa para compensarlo.

  • Me comparó con la novia de su amigo y cómo ella sí “afloja”.

  • Es 10 años mayor que yo pero dice que soy muy madura para mi edad.

Ahora, después de varios años de terapia psicológica, me parecen muy evidentes todas estas “red flags” pero en ese entonces era de lo más normal. Y de ahí la importancia de identificar los patrones de violencia emocional dentro de los vínculos familiares, porque nos permite ponerles nombre y validarlos.

Hoy miro a mi mamá y quiero verla grande, poniendo límites, formando sus propias opiniones. Pero cuando está frente a mi papá veo cómo duda de ella misma, cómo habla en bajito, se calla y voltea a verlo para anticipar su reacción. Y sin embargo, encuentro un poco de esperanza al ver que mis hermanas y yo podemos identificar en mayor o menor medida estas violencias, que podemos construir una red de apoyo para escucharla, para validar sus emociones y estar ahí para ella.

Hoy quiero reconocer a todas las mujeres que compartieron su historia antes, a través de redes, de un blog como este, de un tiktok… porque gracias a ellas supe que mi mamá no era una exagerada, no era una enojona… y que sus emociones siempre fueron y han sido válidas: sus alegrías, sus enojos, sus frustraciones.

No es fácil salir de estos círculos de violencia pero en conjunto sí que podemos ayudarnos a identificarlos a partir de las historias de cada una. Y entonces, trabajar sobre ellos para no seguir replicándolos y, poquito a poco, sanar.


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